Arte · Fundación César Manrique, Taro de Tahíche (Teguise)

Taro de Tahíche: una casa dentro de la lava

La casa-estudio de César Manrique, excavada en burbujas volcánicas, sigue siendo la lección más serena sobre cómo habitar Lanzarote.

Por Livia Risi y Francesco Esposito · 2026-10-02

Pasillo blanco de la casa de César Manrique en Taro de Tahíche, que se abre a una burbuja de lava con helechos.

Desde la carretera apenas se adivina: un muro blanco, el mar negro de lava que dejaron las erupciones de 1730 a 1736. Pero bajo esa superficie César Manrique encontró un hogar. Su casa-estudio de Taro de Tahíche se asienta sobre aquel malpaís y baja hacia el interior de la tierra, donde las estancias ocupan burbujas volcánicas.

Bajar por sus escaleras es cambiar de temperatura y de ritmo. Cada burbuja es una habitación con techo de piedra y luz cenital; el blanco de las paredes y el verde de las plantas suavizan la roca sin esconderla. Aquí la arquitectura no se impone: escucha. Se oye poco más que los pasos y, a veces, el roce de las hojas.

Manrique, nacido en Arrecife en 1919, la convirtió en la sede de su Fundación, que abrió el 27 de marzo de 1992. Unos seis meses después, el artista moría. La casa quedó así como su último gesto público: una puerta abierta.

Lo que se ve dentro

Las salas reúnen obra del propio Manrique y la colección de arte contemporáneo que fue reuniendo de los artistas de su generación. Ver esos cuadros a pocos metros de la lava tiene algo de diálogo íntimo entre lo hecho por la mano y lo hecho por el volcán. Hay pocas formas mejores de entender a un artista que ver qué decidió guardar a su alrededor.

La Fundación es privada y se sostiene por sí misma. Tiene dos sedes: esta Casa del Volcán, en Tahíche, y la Casa del Palmeral, en Haría, el último refugio del artista en el norte.

Volver en otoño, con la luz más baja y menos prisa, permite entender lo que Manrique defendía con tanta insistencia: que en Lanzarote la belleza no se añade, se descubre. Antes de irse, merece la pena detenerse arriba, frente al campo de lava, y mirarlo con los ojos con que él lo miraba.