Naturaleza · Lanzarote
Treinta y tres años de isla protegida
El 7 de octubre de 1993, la UNESCO declaró Lanzarote Reserva de la Biosfera entera, con sus pueblos dentro. Ayer cumplió 33 años.
Por Livia Risi y Francesco Esposito · 2026-10-08

Hay aniversarios que se celebran con ruido y otros que se notan en el paisaje. Ayer, 7 de octubre, Lanzarote cumplió 33 años como Reserva de la Biosfera, y la mejor manera de festejarlo quizá sea mirar despacio: el blanco de las casas bajas, el negro del picón, la línea limpia de un horizonte sin torres.
Cuando la UNESCO tomó la decisión en 1993 hizo algo que no había hecho nunca. No protegió un parque ni una franja de costa, sino una isla completa, con sus pueblos, sus carreteras y su gente. La idea era sencilla y valiente: que vivir aquí y cuidar el lugar fueran la misma tarea.
Una isla medida en hectáreas y en especies
La reserva abarca 84.467,62 hectáreas de tierra y otras 40.488,07 de mar. En ellas viven más de 2.500 especies y subespecies terrestres, muchas de ellas endémicas, adaptadas a la luz intensa, al viento constante y a una lluvia que llega con cuentagotas.
Alrededor del 41,6 % del territorio cuenta además con una figura de protección propia: un Parque Nacional, dos Parques Naturales, una Reserva Natural Integral y cinco Monumentos Naturales. Es un mapa en el que el volcán, la costa y los cultivos en arena negra conviven sin estorbarse.
Conviene recordar qué significa exactamente esta etiqueta. Una Reserva de la Biosfera no es un museo al aire libre ni un territorio cerrado: es un lugar donde se intenta demostrar que la conservación y la vida diaria pueden avanzar juntas. Aquí eso se traduce en agricultura que respeta el suelo volcánico, en pueblos que mantienen su escala y en una relación con el paisaje que se aprende desde niño. Lanzarote se convirtió así en una especie de laboratorio a cielo abierto, observado desde fuera y vivido desde dentro.
La gestión corresponde al Cabildo de Lanzarote, pero la reserva se sostiene, sobre todo, en gestos pequeños: un muro de piedra seca reparado, una senda respetada, una huerta que sigue en pie. Treinta y tres años después, la isla sigue pareciendo lo que es, y eso ya es mucho decir.