Caminos · Montaña Colorada (Masdache–Tinguatón, Tinajo)
Un paseo alrededor del volcán rojo
Un sendero corto y llano rodea Montaña Colorada y conduce hasta la bomba volcánica más famosa de Lanzarote, entre líquenes y lava.
Por Livia Risi y Francesco Esposito · 2026-09-23

No todos los caminos de Lanzarote piden esfuerzo. El que rodea Montaña Colorada, entre Masdache y Tinguatón, es de los que se recorren casi en silencio: unos tres kilómetros en círculo, por una senda ancha y llana, sin desniveles que distraigan de lo esencial, que aquí es mirar.
El punto de partida está en la carretera de Tinguatón, la LZ-56, unos quinientos metros después de la Caldera de los Cuervos. Desde allí, el cono se levanta enseguida con su color de óxido y teja, el mismo que le da nombre, recortado contra un cielo que suele ser muy azul.
La bomba volcánica
La gran protagonista del recorrido es una roca redonda, enorme, caída del cielo durante una erupción: la bomba volcánica más famosa de Lanzarote. Verla de cerca ayuda a imaginar la fuerza de aquellos días, cuando el volcán lanzaba lava al aire y esta se solidificaba antes de tocar tierra.
A lo largo del camino, varios paneles explican la geología del lugar y cuentan cómo los líquenes han ido colonizando poco a poco la lava. Ese velo verde grisáceo que cubre las piedras es, en realidad, el primer capítulo de la vida sobre un suelo recién nacido. Al fondo asoman la Caldera de los Cuervos y Santa Catalina.
Las señales recuerdan dos normas que conviene tomarse en serio: no se puede subir a la montaña ni tocar las bombas volcánicas. Son frágiles, y lo que el paseo ofrece está precisamente en la contemplación, no en la conquista de la cima.
Caminar aquí es un ejercicio de atención. El picón cruje bajo las botas, el viento apenas encuentra obstáculos y el silencio se vuelve casi táctil. A media mañana o al caer la tarde, la luz rasante enciende el rojo del cono y dibuja cada piedra del malpaís con una nitidez que invita a detenerse.
Con paradas, la vuelta lleva alrededor de una hora. Es un paseo ideal para hacer en familia —los niños a partir de unos cuatro años lo disfrutan sin problema— y una forma serena de entender, con los pies en el suelo, de qué está hecha la isla.