Letras · Parque José Ramírez Cerdá, Arrecife

Cuatro días de libros frente al mar

En mayo, la IV Feria del Libro de Lanzarote convirtió el Parque Ramírez Cerdá en una gran sala de lectura al aire libre.

Por Livia Risi y Francesco Esposito · 2026-09-24

El Parque José Ramírez Cerdá, en el paseo marítimo de Arrecife: pérgola con buganvillas, bancos y la bahía con barcas al fondo (foto de un día corriente, no de la feria).

Entre el 7 y el 10 de mayo, el Parque José Ramírez Cerdá, abierto a la bahía de Arrecife, cambió el rumor de las palmeras por el de las páginas. La IV Feria del Libro de Lanzarote llenó de casetas, lectores y conversaciones uno de los paseos más luminosos de la capital.

El corazón de esta edición fue un homenaje en casa: el escritor y editor arrecifeño Félix Hormiga, a quien la feria dedicó un reconocimiento con la presentación de una obra inédita. Pocas cosas hablan mejor de una isla que celebrar a quienes llevan años cuidando sus libros.

Voces que llegaron de lejos

Por el parque pasaron firmas muy queridas por los lectores: Juan José Millás, Máximo Huerta, Elísabet Benavent, Marta Jiménez, Óscar Alonso, Fernando Bonete, Sonia Moreno o Abraham Boba. Pablo Rivero y Carlos Bardem participaron también en las presentaciones. Escucharlos a pocos metros del mar daba a cada charla un tono distinto, más cercano.

La feria pensó también en los lectores que empiezan. Dos mañanas quedaron reservadas a las visitas escolares, y los cuentacuentos convivieron con propuestas de cine, teatro y música. Librerías y editoriales llegadas de otras islas completaron un paisaje que miraba más allá de Lanzarote, hacia todo el archipiélago.

Detrás estuvieron el Cabildo de Lanzarote, el Ayuntamiento de Arrecife y la asociación Isla Literaria, que han hecho de la cita una costumbre de primavera. Cuatro ediciones después, la feria ya tiene algo de ritual: bajar al parque, saludar a alguien, salir con un libro bajo el brazo.

El escenario ayudaba. Bajo las palmeras, con la bahía brillando a un lado y las barcas meciéndose en el agua, las casetas parecían pequeñas librerías de verano. Muchos lectores alternaban una firma con un paseo por la orilla, y no pocos acabaron leyendo las primeras páginas en un banco, de cara al mar.

Hoy, con el parque devuelto a sus paseantes, queda la memoria de aquellos días y la certeza de que en Arrecife se lee al sol, con la brisa pasando las hojas.